Anoche me quedé hasta las cuatro de la mañana tirado en un sillón de mi casa, escuchando la radio. Estaba vestido, tapado con un rompevientos para combatir mejor el frío. Vivo en una casa helada; la calefacción es precaria o nula la mayor parte del tiempo, además de extremadamente inestable y por ende peligrosa.
Con mis oídos prácticamente alcanzando la gloria, me dispuse a cerrar los ojos y volar por el espacio exterior. Y eso es lo que pasa cuando los ojos ya no ven; la oscuridad reina y miles de millones de estrellas se pueden ver pero no observar en la negra inmensidad de la nada.
Tuve una pesadilla, de lo más horrible. No contaré como fue, porque es escabrosa. Ni en los más negros pensamientos de mi alma podría yo haberme imaginado algo así, pero en los sueños no hay imposibles. Mi némesis y mi elixir estaban en el. Eterdeo y Queameilea. Yo miraba, al principio lo permitía, pero pasaba el tiempo y no pude contener la muerte. Como la vista hacia el abismo, como un edificio en llamas cayendo por el precipicio de nuestra tempestad resonante. No supe que hacer. Intenté en vano detener todo eso, pero sólo pude recostarme contra una pared y llorar. Llorar con la impotencia de no hacer nada, de no poder luchar con las órdenes que yo mismo me había impuesto en un arrojo de moralidad y principios que me han forjado en esta vida. Yo fui quien dijo que no me afectaría en nada, porque ella es sólo azul, como yo. Pero no pude quedarme quieto, no pude resistirlo, aguantarlo, asimilarlo, aceptarlo, comprenderlo. Al final me di cuenta que a todos les importaba nada mi estabilidad frente al todo que nos rodea y nos une.
Desperté al compás de una bella canción, con cenizas en mi boca, y veneno en el aire. El frío me había congelado los pies y las manos. No sentía la nariz, y los labios estaban secos y quebrados. Mis ojos no podían ver nada y sólo quise saltar de allí. Hice como si nada hubiera pasado, apagué la radio y me fui a dormir a una cama de verdad, todavía vestido.
Cuando abrí los ojos ante la luz de la mañana, volvieron los recuerdos de anoche. Volvió la promesa de premonición, y me asusté como nunca en mi vida. La espalda estaba tan transpirada, que la sed se apoderó de mí. Justo ahí, me di cuenta, de que no puedo ser su amigo. No para siempre... Es ella o es el filo (el olvido no quiero).
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