sábado, 2 de junio de 2012

Juraría haber visto esto antes... ¡Con que autoplagiándome!

 Caminado por la calle me siento en la necesidad de ser un dios cada vez que alguien me pide ayuda. Pero uno de esos dioses que no le gusta para nada la bola de súbditos que le adoran (sé de buena fuente que a Vulcano siempre le dio en el forro de las pelotas que la gente levantara templos en su honor) y trata de escapar de ellos cada vez que se le aparecen en la cara, escupiendo lamentos y pedidos de socorro. Si yo fuera un dios, sería el mejor de todos, ya que me comportaría como Dios (valga la redundancia) manda. Un ser tan groso, poderoso y soberbio que nunca repararía en la plebe inferior que acaece en sus pies. Es más, ni siquiera le importaría pisarlos como simples hormiguitas (costumbre que muchos humanos no prestan atención a la hora de estropear filas de estos bichitos cargando comida para el crudo invierno que se les avecina). Es todavía mucho más, los consideraría simples hormiguitas directamente. Ya no son seres humanos, perdieron ese título en el momento que pisé demasiados de ustedes.

 Aun así, las razones que expuse anteriormente para pertenecer a la larga casta de Dioses de la Tierra, no supondrían nada ante mi mayor problemática al respecto:  soy un inútil. En serio, no podría ser ninguna especie de dios. Ni siquiera le llegaría a los talones del boludito de Mercurio (este por lo menos  era un excelente cartero). Y es porque no destaco en nada. No puedo ser un dios si no tengo ninguna habilidad especial. Hay dioses que te destruyen emocionalmente con su mera presencia, hay otros que les encanta molestarte (tarea en la que se desempeñan de manera notable), casos hay también de dioses que no hacen más que dar ejemplo de lo que no se debe hacer. Pero yo no sirvo de nada. Soy algo inerte entre todos ellos. Una roca tendría muchas mas habilidades que yo, y seguramente ejercería su cargo con creces.  Ereusea se llamaría la muy hija de puta, y podría patearme el culo cuando quisiera. En una discusión con ella, simplemente Ereusea se haría con la razón por su toda sabia quietud física y mental. Mi vergüenza no podría ser mayor, y terminaría arrojándome cuesta abajo del Monte Olimpo por mis propios medios.  “Oh!, ¡Como te odio Ereusea!”  injuriaría mientras me pierdo por debajo de las nubes.




- ¿Sabe donde queda el Rapipago joven?

 No puede ser. Solo quiero llegar a mi casa lo más rápido posible, entrar y dejar detrás de mí el efecto de un portazo, dedicado al hermoso día que pasé. Pero no, debo detener mi toda gratificante pero rutinaria marcha para escuchar los ruegos de una dulce abuelita.

- Si.

 Pero el verdadero problema ocurre cuando me doy cuenta de la horrible verdad: no sé donde queda el tan dichoso Rapipago. No sé porque lo hice. Un "no" habría sido lo mas indicado, pero ella se dirigió con tanta educación a mi persona que no podía decirle que no, y dejarla a merced de los lobos sedientos de sangre que la esperarían a la vuelta de alguna esquina. Aunque si me hubiera pedido asistencia de mala forma lo mismo le habría dicho que sí; temo por las posibles represalias de una abuelita con malos modales (en serio, si así se dirige a la gente de primera, no quiero imaginarme su persona si esta no satisface sus terribles deseos).

 Empiezo a titubear, no puedo decirle que no sé donde queda el lugar. No ahora, no después de haber respondido afirmativamente de entrada, con esa confianza que me garantiza el orgullo en el pecho de saber algo y tener la oportunidad y el honor de decirlo a las cuatro voces. Porque no fue un “si” cualquiera, fue el “SImás épico que este asqueroso y mediocre mundo tuvo el regocijo de escuchar en su paupérrima existencia. Además, tengo todas las de perder: se nota que vengo del colegio y mi casa queda cerca, por lo que NO conocer este lugar, y NO conocer donde queda el Rapipago sería de los mas extraño (no puedo explicarle a cada ser que me pide indicaciones de lugares que tendría que conocer, que soy una persona que no sale ni al quiosco de la esquina, por ende, no me jodas y no me mires con cara de “que bosta que sos” porque la verdad es que no puedo ayudarte, mi cabeza no dispone de tales coordenadas, proba con la siguiente persona cara de naipe que te encuentres, gracias y que te vaya bien en la vida).

 Me dispongo a ganar algo de tiempo dando vuelta mi cabeza en dirección contraria del rostro de la dulce abuelita. Levanto el brazo izquierdo (el derecho lo levanto para indicaciones exactas, el otro es para indicar probables o para estos casos en específico) y extiendo mi mano junto con el dedo índice cual flor en primavera al ver el sol de todas las mañanas. Empiezo a mover el dedito de fama botona en movimiento indeciso, pero no demasiado, no quiero que ella piense que no sé donde queda el Rapipago; esto ya es una cuestión de orgullo personal y no pienso escapar a las tareas que me aquejan. ¡No temas desconocida de pelo plateado, Malidad esta aquí para acallar tus ruegos! ¡Lo que quizás no este tan claro es si podré ayudarte de verdad, o sólo conseguiré extraviarte en la Jungla de Cemento!

- Ehhh… Mmmm…  Si. Bueno. (Lo siento abuelita, pero situaciones desesperadas requieren de medidas drásticas). Está por allá.

 “Está por allá”. ¡Demonios Watson, serás la ruina de esta pobre mujer!

- ¿Allá donde jovencito?

No puedo ser tan patético.

- Allá, al lado de ese edificio.
- ¿Cuál edificio?
- Ese que está al lado de ese otro, el cual yace al frente del automóvil que está cerca de la bicicleta con el asiento curvado.
- ¿Usted dice el que está allí?
- Precisamente. (Ni puta idea la verdad)
- ¡Muchas gracias! Ojalá todos los chicos de su edad fueran tan atentos como usted. Tan educados y respetuosos.

 Cada palabra es una abofeteada a mi humanidad, pero una caricia para mi crueldad, a mi vileza.

 No puedo dejarla ir de esa forma. La devorarán, y yo habré sido el responsable. Su cara, sus cabellos me perseguirán por las noches. La almohada será solo estadio de penurias. Y el suicidio sería un elemento contemplativo en el día a día.  Atino a gritarle algo antes de que se aleje demasiado como para no oírme.

- ¡¡Ante cualquier duda, pregunte a los transeúntes!!

 Acabo de hacer mi buena acción del día, a medias, pero algo traté de hacer para ayudar al prójimo. Me siento bien conmigo mismo y con todos los seres humanos que viven en el mismo planeta que yo. Creo que tal portazo no será nunca llevado a cabo… En eso veo venir una especie de águila gigantesca. Con patas y garras todavía mas enormes; con sus alas desplegadas en vuelo rasante. Y ZAS!, se lleva a la dulce abuelita de cabelleras platinadas y expresión senil. No puedo seguirla con la vista, no porque sintiera terror al igual que todas esas personas que veían semejante espectáculo morboso, sino porque el águila volaba en dirección al Sol que caía por la tarde. Mis ojos se encuentran y batallan con los rayos solares una lucha imposible de ganar y que siempre resulta en este par de huevos maricones llorando. Y yo pasando vergüenza no es buena imagen para Malidad.

 Sigo mi camino a casa pensando intensamente en los acontecimientos de esta tarde. Trato de consolarme auto convenciéndome de que la dulce abuelita conocía al águila, y esta sólo se la llevó al nido de su amor eterno. Había entendido todo mal, no era “muerte alada” lo que ví, sino, “amor estrepitoso”.

 Aun así los días pasan y no la he vuelto a ver.  No puedo evitar sentirme culpable.

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